Edgar Morin. El pensamiento ecologizado (1989)
Como todos los seres vivos, somos también seres físicos. Estamos constituidos por macromoléculas complejas que se remontan a una época prebiótica de la Tierra: los átomos de carbono de estas moléculas, indispensables para la vida, se formaron en el crisol de soles que precedieron al nuestro, del choque de núcleos de helio. En definitiva, todas las partículas que se unieron en el helio datan de los primeros segundos del universo. Por lo tanto, al mismo tiempo que estamos en un mundo físico, este mundo físico, en su organización fisicoquímica, está constitutivamente en nosotros. He aquí, pues, un principio fundamental del pensamiento ecologizado: no sólo no se puede separa un ser autónomo (autos) de su hábitat cosmofísico y biológico (oikos), sino que también hay que pensar que oikos está en autos sin que autos cese, sin embargo, de ser autónomo, y, en lo que concierne al hombre, relativamente ajeno al mundo que es, no obstante, el suyo. En efecto, somos íntegramente los hijos del cosmos. Pero, por la evolución, por el desarrollo particular de nuestro cerebro, por el lenguaje, por la cultura, por la sociedad, nos hemos convertido en extraños para él, nos hemos distanciado y marginado de él.
Para comprender nuestra situación, retomaré la parábola del matemático G. Spencer-Brown. Este decía más o menos: supongamos que el universo quisiera tomar conciencia de sí mismo. ¿Qué haría? Pues bien, el universo estaría obligado a extraer de sí una especie de pedúnculo, una especie de tentáculo de pulpo que alejaría de sí de manera que pudiese mirarse a sí mismo. Pero en el momento en que ese tentáculo se aleja, en que el extremo de ese brazo se vuelve sobre le universo para contemplarlo, deja de formar realmente parte de él y deviene ajeno. Así, el universo fracasa allí donde ha triunfado: el momento en el que ha logrado conocerse, es demasiado tarde; aquello que lo conoce se ha vuelto, de alguna manera, autónomo. Algunos han pensado definir al hombre por disyunción y oposición a la naturaleza. Ahora más bien, debemos definirnos a la vez por la inserción mutua y por nuestra distinción con respecto a la naturaleza. Vivimos esta situación paradójica.
